El ser humano, a medida que ha ido adaptándose a la sociedad, ha tratado de ir creando un molde para relacionarse y convivir. Hemos fabricado, a base de las circunstancias, una personalidad que se ha convertido en nuestra identidad, en una forma, para de algún modo, lograr sobrevivir.
Esta supervivencia nos ha llevado a crear un rol: un tipo de formato para realizar diferentes funciones en cada escenario que vivimos. Una forma de actuar que se ancla en el individuo para seguir a rajatabla una norma, regla o conducta. Una estructura que hemos ido construyendo, fomentando y perfeccionando con el paso del tiempo inexorablemente.
Entre la gran cantidad de modalidades que hemos desarrollado para construirnos, también incorporamos mecanismos de adaptación. Se podría decir que fabricamos un yo exterior, una apariencia, una forma de interactuar según los parámetros en donde nos encontramos. Una entidad que ha ido perpetuándose por mantener el esquema de esta sociedad y ha ido tejiendo desde su hilera un tipo de vida cómoda y segura.
Esta forma de vida sin riesgo tomó el mando en contra de nosotros. Desarrollamos nuestra interacción desde esa personalidad por evolucionar en el mundo exterior, volverlo más placentero y a nuestra medida, que terminamos perdiendo nuestro rumbo. Este bastón, que nos ayudó en su momento a sobrevivir, ahora se ha convertido en una carga, volviéndose en contra de nosotros. Esta forma de ser, llamada ego, que un día comenzó a dar sus pasos, ha ido tomando cada vez más fuerza, más protagonismo y, sobre todo, más devoción de cara a nuestros días, que poco a poco nos ha ido llevando a perder nuestra orientación y nuestra humanidad.
Esta máscara que nos tomó y perturbó nuestro sentido común, permanece anclada en nosotros como si estuviésemos adheridos a ella. De una forma ingeniosa y paradójica, donde nos establecimos en la subsistencia bajo un conjunto de patrones rígidos que mantenían el orden y nos hacían cumplir una función social, ahora estos mismos se han vuelto contra nosotros y nos torturan. Sin querer soltar, afirmamos nuestras creencias y condicionamientos como propios de nuestra identidad, acabando encapsulados en etiquetas y, como consecuencia, poseídos y atados a merced de su sistema. Se ha instalado en nosotros tan sutilmente que caímos presos en esta confusión, creyéndonos ese conjunto de rasgos psicológicos adquiridos. Es semejante al actor que actúa y se cree que él es el personaje que interpreta cuando en realidad está siguiendo un papel.
La excelente noticia es que este conjuro psíquico que nos ha desviado de nuestro camino puede ser el que nos permita volver a lo que somos en esencia. Como dice el refranero: no se puede conocer el cielo si antes no se conoce el infierno. Por lo tanto, este manto que ha obnubilado nuestra consciencia, si lo tomamos como maestro, podremos aprender de él y observarlo para ver qué nos muestra. Si ponemos acción, es posible que nos traiga la fórmula que nos falta o la llave para conducirnos hacia el sendero correcto. Si empezamos por esa introspección y trabajamos en nosotros mismos desde una perspectiva diferente, ya sería un gran paso.
Pienso que, si no nos permitimos abrirnos al saber interior, difícilmente podremos hallar la comprensión de nuestras vicisitudes, mal sabores y tropiezos. Creo que hay que ir más allá, salir de lo conocido y explorarse uno mismo. Para ello, podemos usar el autoconocimiento como motor principal, ya que cuenta con el potencial suficiente para volver a iluminar nuestra mente disparatada y neurótica. Para concluir esta reflexión, me gustaría recordar la frase célebre que se encontraba en el templo de Apolo en el oráculo de Delfos en la antigua Grecia: Conócete a ti mismo.
