Los seres humanos vivimos en la cotidianidad con factores que pueden en determinados momentos influirnos y conducirnos a pasar un mal rato, pero, a veces, viene lo inconmensurable: una situación que nos desborda completamente y que se complica, tornándose difícil el encauzamiento. Es como si nos topáramos con un bache que, de alguna manera, tiene tanta fuerza gravitacional que detiene nuestro andar en algún punto de nuestro camino. Un parón brusco que en la mayoría de nosotros nos ha descolocado totalmente y lo peor de todo: nos ha llevado a finalizar nuestra marcha alejándonos de nuestro sendero verdadero.
Este golpe contundente, que vino inesperadamente y nos causó gran aflicción, ha sido para una gran cantidad de seres humanos un quiebre en su mundo interior. Les ha llevado a desconectarse de la vida, a alejarse de sí mismos y, peor aún, a enfermar. Este conjunto de síntomas, entre otros, que son profundamente dolorosos, es para la inmensa multitud una condena o su final. Lo viven como una maldición de la cual es imposible salir. Sin embargo, esto no es así… Estas señales que pueden ser abrumadoras están ahí precisamente por una razón, por una causa, por algo que todavía no hemos sido conscientes de ello.
Si cambiamos la óptica y nos abrimos a la experiencia, veremos que empezará algo nuevo a brotar y una nueva vía emergerá. Considero que lo que nos sucede se debe a la relación que tenemos con nosotros mismos. Nuestra forma de comunicarnos con el mundo interior y exterior. Esta interrelación, de la cual podemos también llamarle comunión o forma de convivir, la tenemos presente a cada segundo a lo largo de nuestra vida. En esta existencia, vivimos continuamente con multitud de elementos en los que percibimos que estamos separados, pero no es así. Por lo tanto, aquello en lo que creemos que es nuestro infierno, puede convertirse con un sincero y noble paso en un salto hacia el cielo.
