A lo largo de nuestro crecimiento hemos ido «adaptándonos » al ciclo de las circunstancias, a una amalgama de acontecimientos que ha ido estructurando nuestra vida. Cada situación que se ha presentado nos ha llevado a multitud de experiencias en las que algunas ni las palabras podrían expresar. Sin embargo, la mayoría de nosotros percibimos estos signos que aparecen a visitarnos como una maldición lo suficientemente catastrófica como para que su destino ya esté en manos de lo acontecido.
De alguna manera, estas vivencias, que aparecieron por alguna razón, tuvieron la notable contundencia para ensombrecernos hasta tal punto de perder nuestro sentido de orientación. Nos decimos a nosotros mismos que vamos saliendo del paso, sobreviviendo o haciendo uno lo que puede, pero en nuestro fondo, continúa al rojo vivo la quemadura de esa contusión, la herida provocada por ese choque que en ese momento inesperado no supimos manejar.
Por falta de conocimientos, cuando nuestro tejado sufre una amenaza o peligro, un estímulo lo suficientemente contundente para desestabilizarnos, lo que tendemos a hacer es justamente crear mecanismos contraproducentes. Sin discernir, creamos resistencias llenándonos de elementos para tapiar cualquier entrada de esa información que no queremos aceptar. De esta manera, inconscientemente, fortificamos más nuestra estructura y le añadimos una capa más dura para aguantar la siguiente oleada de eventos.
Lo paradójico de cada situación que se nos presenta es que tratamos de darle la vuelta y que ella se ponga bajo nuestros pies, en vez de nosotros adoptar una posición lo suficientemente noble para recibirla. En multitud de ocasiones, nuestra falta de humildad y honestidad nos conduce a actuar y adoptar posturas que, en vez de ayudarnos a incorporar algo nuevo, fresco y transformador, nos terminan llevando hacia caminos derroteros que nos conducen a la lucha, la resistencia y la mediocridad.
Lo que se ha instalado en nuestras cabezas a pico y pala ha sido la supervivencia. Sobrevivir ante cualquier experiencia que tengamos, tanto física y mental. Esta conducta, presente en nuestra naturaleza, tiene un requisito fundamental en determinadas situaciones que nos ha permitido seguir vivos. Por ejemplo, frente a un peligro o amenaza para saber actuar. En cambio, el problema aparece cuando se ancla en nuestra psique como forma de convivir, actuar y comportarse las 24 horas del día.
No hay ningún inconveniente en la supervivencia, pero cuando hacemos de ella nuestra armadura diaria, todo cambia. Nuestra psique se hospeda en un conjunto de estructuras muy sólidas que nos va volviendo más estrechos, configurando una personalidad rígida y poco resolutiva. Nuestra mente va perdiendo su claridad, se vuelve confortable y no está dispuesta a lo cambiante o transformativo. La mente se vuelve pesada, inquieta y busca anclarse en patrones y creencias, formando y manteniendo a toda costa una identidad que nos ata y esclaviza.
Considero que toda experiencia viene a enseñarnos, a mostrarnos lo que no vemos y a ponernos de cara al espejo. Busca, a través de duros golpes, que veamos, que miremos donde debemos; es como si quisiera que cambiásemos nuestro sentido de orientación, que modifiquemos esa brújula que nos está dirigiendo en el sentido equivocado. Por ello, desde su inexplicable sabiduría, nos enfrenta creando un choque entre lo que creemos y lo que sentimos, nos desafía con su brillante lucidez para que tengamos esa posibilidad de ser mejores humanos.
Hay tantas cartas a nuestro favor en cada rotura, desengaño y traición que, si nos parásemos por un momento a contemplarlas sosegadamente y con visión clara, nos daríamos cuenta del tremendo aliento vital que puede ofrecernos para continuar. Si nos detuviésemos y aprovechásemos la cálida sensación que está más allá de las banalidades y la superficialidad, daríamos el salto y nos abriríamos a lo que fuere. Con esta óptica, desde un corazón abierto y dispuesto a lo que la vida quiera enseñar, creo que el ser humano puede vitalizarse cada día en cualquier encuentro, vivencia, malos andares, tragedias y caos porque, en suma, todo sería bienvenido para crecer y evolucionar.
