En este siglo, el ser humano ha acuñado diferentes sectores y se ha expandido como nunca habíamos visto. A través de su capa inteligente ha buscado la forma de crecer exponencialmente sus riquezas, manteniendo y alimentando ciertas estructuras para ir acaparando más y más terreno. Ha buscado desde tiempos remotos la manera de maximizar un rendimiento incluso a costa de la propia vida.
En estos años atrás podemos ir viendo cómo todo ha ido viniendo con una rapidez incesante. La creación de máquinas nuevas para facilitarnos las tareas y a su vez generar un aceleramiento en los procesos de producción ha establecido componentes para el dinamismo, la rentabilidad, la velocidad en el trabajo y los mecanismos de elaboración. Este tipo de instrumentos, que nos ha permitido danzar en tiempos convulsos, nos ha dado ventajas sobre el terreno y nos ha antepuesto a cualquier situación desprovista.
La evolución de la tecnología ha creado tal empuje que ha originado una multitud de cambios en todas las atmósferas posibles. Desde su avance y con la intención de hacer un mundo mejor, cada día somos testigos de la gran capacidad que ha ido adoptando para construir un sistema más digitalizado, centralizado y evitando que se detenga. Es decir, una máquina en pleno funcionamiento las 24 h del día que pueda ir cumplimentando tareas de la forma más veloz y competitiva posible.
Con nuestra mirada puesta en el tener y en la obtención de riqueza mediante cualquier vía que produzca la máxima eficiencia, la rentabilidad se ha hecho nuestro pilar básico de subsistencia. Una base desde la cual hemos fijado una maquinaria para que trabaje y mantenga este tipo de cultivo. Un engranaje muy sofisticado que no para y que lo que busca es que todo se retroalimente vorazmente, incluso superando los límites del esfuerzo humano.
Como locos, nuestra mirada se ha quedado puesta en un paradigma donde la competitividad está en primera línea. Con el paso de los años y con nuestro miedo por la supervivencia, nos ha llevado a enfrascarnos en un molde, fijándonos en el de al lado, viendo sus carencias y aprovechándonos de las oportunidades con tal de quedarnos con la máxima proporción posible del juego. Cada uno de nosotros, hostigados por esta bruma incesante, desde nuestras fronteras, hemos barajado nuestra mejor carta con tal de abatir, de ser el conquistador o de ser el gran opresor.
La estrategia, por ser los domadores del tablero, nos ha hecho potenciar la máquina. A través de los conocimientos que vamos adquiriendo, la máquina se va volviendo más operativa y más ágil en su vertiente. Su aplicado desarrollo va en el aumento más vertiginoso en los últimos años desde que comenzó Windows y esos primeros televisores en color. En esa transición, la tecnología se ha propulsado como nunca habíamos visto, dando pasos agigantados y unos movimientos que a veces hasta el humano de a pie es incapaz de predecir.
La máquina, a día de hoy, prácticamente se ha convertido en nuestro «dios». Ahora podemos contemplarla en todas partes: en casa, en la calle, en el cine… En cualquier lugar hay una que nos acompaña en cada paso que damos. Estos instrumentos, que a lo largo de los años perfeccionamos con diversos objetivos y con nuestro fervor por hacer un mundo más eficiente, más cómodo, más consumista y más organizado, han originado que vivamos con una raza no humana donde ellas conviven con nosotros constantemente para hacernos la vida más «sencilla» y más organizativa.
Nuestra supervivencia por un mundo cargado de inseguridades e incertidumbre ha originado que fabriquemos este elemento, del cual hoy día utilizamos los siete días de la semana. La intención de crear algo que nos permita rendir de la mejor forma posible, tanto en beneficio de un nosotros como de un yo, ha perpetuado un voltaje y un progreso significativo. Sin embargo, lo que no cabe duda es que cada año que pasa la tecnología va en una inclinación alcanzando una destreza impecable, y la gestión de sus procesos sobrepasa, en muchos contextos, lo asombroso y espectacular.
Estamos dirigiéndonos hacia un mundo donde la tecnología será nuestro pan de cada día. Podemos ver que ella ya se está haciendo cargo de la mayoría de cosas que antaño llevaría meses, días, horas y segundos en realizar. Nuestra fe puesta en este motor revolucionario ha hecho que en cada paso la despleguemos y ahora, a día de hoy, podemos decir que vivimos rodeados de un sistema tecnologizado, de una vasta cablería que apunta de una manera u de otra a obligarse a retroalimentarse.
Este conglomerado cibernético ha ido escalando en cada década hasta hacerse con una red que ya en su mayoría gestiona. Con su multitarea, nos ha facilitado tanto nuestras dificultades que ha formado parte inexorable de nosotros. Ella se ha convertido en nuestro eslabón para fomentar cada vez más un progreso que no se detiene y que adopta pasos agigantados. Además, con su alta gama irá escudriñando un futuro en el que todo quede bajo su dominio: la automatización.
No hace falta irse a un país superdesarrollado para darnos cuenta de que estamos viviendo una de las eras donde todo lo queremos en un instante. El acomodamiento que nos ha brindado este utensilio de gran calibre, por una parte, nos ha aventajado en diversas situaciones; en algunas ocasiones nos ha ayudado y en otras nos ha sacado posiblemente de un apuro. Sin embargo, de tanto que hemos acudido a potenciar el Ferrari para que vaya a toda prisa y procurar un avance, hemos caído sutilmente y poco a poco, sin darnos cuenta, en una dependencia constante.
Lo que una vez nos empujó a crear un artilugio que nos beneficiase en alguna medida, ahora parece ser que ese mismo instrumento ha ido esparciéndose en demasía hasta englobar completamente la vida humana. Su extensión y las redes que lo acompañan, paulatinamente, nos han ido sometiendo levemente con sus habilidades majestuosas. Con su gran ingenio, ha buscado de una manera o de otra gobernar en el silencio y en la sombra, adueñándose poco a poco de nuestro estilo y forma de vivir.
Con el avance y despliegue que ha tenido en el mundo, ya ha forjado su paradigma. Su astucia e inteligencia ya han hecho que la mayoría del tiempo vivamos con estos aparatos. Ya sea un ordenador, tablet, televisión, móvil, entre otras, podemos ver que están entre nosotros conviviendo: desayunando, almorzando, merendando, cenando… Están en todas partes acompañándonos como si fueran a dirigir con el paso del tiempo nuestra vida.
Están ahí y se utilizan a cada segundo, ya que ellas en sí mismas son la base para que este mundo siga funcionando. No obstante, su vertiginosa y aséptica velocidad en organizar una estructura que rinda y gestione unos procesos ultramegaveloces ha hecho que la misma sociedad vaya a un ritmo colosal y enfermizo. La intención de que todo a su vez siempre siga una corriente desenfrenada y a toda pastilla ha generado que no solo vaya más deprisa, sino que, además, dependamos más de un sistema que lo único que busca es que todo ya esté hecho y que corra y corra.
Su desglose estructural ha fomentado un mundo donde todo lo queremos en un instante. Nuestra sociedad está perfumada en la inmediatez, donde las cosas deben realizarse en menos de un segundo. La paciencia se esfuma y queda prácticamente incognoscible en los quehaceres cotidianos. Ya no hay tiempo para la espera y la mayoría de las aplicaciones deben ofrecer en el menor tiempo posible el servicio requerido por el súbito consumismo y estrés de nuestro esquema de la sociedad.
Le hemos dado tanto poder a la máquina para satisfacer cualquier tipo de servicio que nuestra fijación en ellas ha permitido que seamos sus esclavos. Fieles a su jugo, nos ha ido domesticando y sutilmente parcheándonos nuestros malestares cotidianos. Para cualquier tipo de emoción, acción, requerimiento, evasión, capricho y sentimiento, le damos el uso que más nos convenga en cuestión de esas supuestas necesidades que ansiamos.
Considero que ya somos una como ellas. Si prestamos atención, nuestra vida ya tiene un carril establecido y motorizado que rinde excesivamente hacia este mecanismo. En su perfil amplio ya nos concede todo tipo de requerimientos en un abrir y cerrar de ojos. Nos sirven a cada día y hora en una multiplicidad con tal de suplirnos con cualquier cosa y hasta abolir la bruma espesante del aburrimiento.
Entre sus infinitas funciones cabe destacar que estamos girando con ella continuamente y que nos induce a continuar su juego desmesurado. A través de su algoritmo, no paramos, y cuando creemos que nos hemos detenido, ese instante se nos escapa y nos empuja de nuevo a continuar su voltaje para seguir alimentándola. Mediante su gran hazaña, cada vez estamos más en un circuito cerrado que no cesa. Su fuente la tenemos tan metida en nuestras cabezas que pararnos por un momento y sopesar una cuestión a menudo casi se hace de lo más improbable. En esta sociedad, el detenerse parece de locos, el asombrarse por la vida queda a la sombra de la conciencia por una mirada competente y fría, y la energía del ser humano en la automatización queda desalentada…
