A lo largo de los años, como animales de costumbres que somos, hemos ido adoptando la forma de vida tradicional que desde el paso del tiempo vamos aprendiendo del entorno y la cultura en la que nos encontramos. Con la apabullante e incesante transición, nuestra mente, siendo su núcleo una esponja, ha ido recibiendo los cambios en la manera de convivir de la sociedad, conllevándole mutar de una era a otra. Es decir, ha ido absorbiendo la información del exterior y la ha acumulado en su base con el propósito de que podamos desenvolvernos y acoplarnos a la realidad.
Estas fórmulas contenidas en esquemas y patrones que vamos absorbiendo nos van señalizando una forma de establecernos en el mundo y en su conjunto. De alguna manera vamos instalando en nosotros mecanismos de adaptación para seguir la ruta que desde que vamos al colegio nos van indicando. Un rumbo que va creando un perfil ajustado, envuelto en un crecimiento dotado de un conjunto de directrices para ir formando al individuo y dirigirlo por el carril de la estructura de la sociedad.
Se podría decir que desde que tocamos la tierra, nuestra mente empieza a recibir estos estímulos hasta que poco a poco van moldeando y configurando nuestra forma de relacionarnos. Se crean durante el desarrollo de nuestra vida las creencias, los roles y los patrones, que van derivando a su vez a que nos comportemos y sociabilicemos de una determinada manera. Todos ellos se entremezclan unos a otros para ir configurando un tipo de vida y una forma de establecernos y de ser en el mundo.
Este conjunto de sistemas, provisto de multitud de formas, ha hecho que el ser humano haya creado un estilo de vivirse y de comportarse con los demás. Además, aparte de crear un formato para desenvolverse en su cotidianidad, los sistemas mentales generados por su cúmulo de información le han llevado a crear una forma de interactuar con toda su existencia. De esta manera, se ha ido fusionando con una parte de su individualidad dando origen a una presencia con la que convive y entabla comunicación: la personalidad.
Se puede decir que lo que recibimos a través del crecimiento humano termina configurándonos y haciéndonos crear este tipo de funcionalidad. A través de sus engranajes, vamos anclándonos en diferentes secuencias que van solidificando un marco de cómo deben ser las cosas y cómo tenemos que interactuar con el medio en el que vivimos. De este modo, vamos absorbiendo más y más información de las diferentes fases de nuestra vida y lo que va haciendo este proceso es ir creando una mente que se dirige sin gobernanza hacia la estratificación.
Siguiendo un arte asombroso, este lenguaje de alguna forma se cuela en nosotros y esa entidad la vamos teniendo más de cerca. Su destreza para asentarse en nosotros es tan sofisticada que desde su inteligencia se nos arraiga en nuestra individualidad. Con la incomprensible habilidad para forjarse tan apresuradamente y colarse velozmente por nuestras venas, se instala tan rápido en nuestro ser como si nos pegáramos un chute de alguna droga. Se propaga por todo nuestro ser y, cuando menos nos lo esperamos, esta forma intrínseca ya la hemos acoplado sin darnos cuenta.
Esta personalidad, que se adentra, se acopla, se esfuma y, cuando queremos percatarnos, nos ha tomado, es la que constantemente baila con nosotros. En nuestras fases de crecimiento, ella va en su medida estableciéndose y moldeándose, según lo que el individuo vaya percibiendo. Durante nuestro recorrido, se podría decir que va forjándose paulatinamente con el transcurso de las vivencias y se va haciendo más visible cuanto más crecemos. En suma, un desarrollo de nuestra persona que va puliendo un estilo de vida predefinido, preestablecido y sometido a su voluntad.
De esta forma tan ingeniosa y con una impecable sutileza, entra en nosotros y se va alojando en nuestra base para ser el pilar básico. Su forjamiento nos ha ido llevando a direccionarnos hacia moldes que ya están pensados para un fin, conllevándonos a caer en un redil. Por ejemplo, haciéndonos vivir un tipo de vida acorde a lo que nos dijeron de cómo deberían ser las cosas, de cómo teníamos que comportarnos y de cómo tendríamos que configurarnos para poder <<adaptarnos>> a la sociedad… Todo ello para continuar alimentando un sistema que, además de crecer, mantenerse y estabilizarse por esa estructura de nuestra persona, la sigue perpetuando y fijando más en el individuo.
Nuestra sociedad y el sistema, conjuntamente, están diseñados para que de alguna forma esta personalidad englobe la mayor parte del terreno del humano. Podemos ver que su diseño, en su raíz, se ha ido asentando y poniendo toda su atención para que se identifique con esta entidad y la vaya ejecutando a cada paso que da. De esta manera, el individuo desde esta percepción se va anclando en este sistema y se va encallando poco a poco en una prisión donde cada vez la demanda exterior de esta entidad se hace más notoria. Siguiendo este rol, termina encapsulado en una deidad en la que los grandes malabaristas desde la sombra y en cada esquina de este sistema harán su gran teatro, dirigiendo su voluntad y su toma de decisiones.
