Cuando nacemos de ese sueño difuso del que emergemos, nos encontramos con un horizonte nuevo. Desde que nuestra cabeza sale por el aparato reproductor femenino, una amalgama de elementos nos da la bienvenida a un terreno peculiar. Un espacio que se nos abre para mostrarnos su abundante conjunto de formas, expresiones y rasgos que lo componen. Una naturaleza que se va tiñendo de diferentes tonalidades para ofrecernos unas experiencias que transitar.
Desde aquella salida por el útero nos empezamos a poner las botas para embarcarnos hacia una realidad que nos parece de lo más extraña y volátil. Una existencia repleta de organismos que nos llevan a pasar por factores dentro de un abanico tan complejo, dispuestos a crearnos movimiento y comunicación. Desde que tomamos nuestro primer aliento en la tierra, se conecta con nosotros este mundo exterior para, de alguna manera u otra, establecer una relación constante.
Este tipo de encuentro, que podría presentarse para la mayoría de nosotros brusco, contundente o inesperado, es con el que nuestra psique lidiará el resto de su vida. Al entrar en este terreno dimensional físico, viene tan inesperado y a la vez repentino el proceso del nacimiento, que nuestros motores se ponen en marcha a trabajar para buscarse su debido acoplamiento a la realidad. Al encontrarse con su dinámica esencia, se pone a toda máquina nuestra mente para ser capaz de introducirse en este gran eslabón que supone el sendero de la vida.
Después de que el motor femenino nos empujase y nos brindase la bienvenida a este mundo, este organismo tan intrincado va haciendo de las suyas para «obligarnos» a movernos. Es como si de alguna forma buscara mandarnos alguna señal para que nos pongamos en marcha y nos configuremos con este ser. En el segundo que nuestros sentidos captan su aroma, esta esencia no para de intentar relacionarse con nosotros. Desde el momento en que la hemos atisbado, se pone delante de nuestros ojos con la intención de enviarnos señales y todo tipo de información con el mero propósito de contactarnos.
La cuestión es que, cuando nos topamos con su campo, ya no hay vuelta atrás. Es un proceso que no se detiene, no se frena y menos aún se finaliza. En ese contacto en el que sus alargados brazos nos tocan, ya somos tomados para adentrarnos en su sendero inhóspito y desconocido. Al darnos cuenta de que esta inteligencia nos somete a su proceso, inevitablemente entramos en un campo donde se nos pone a prueba y entran en juego los mecanismos necesarios para su desarrollo. Al ser nosotros una ficha en este tablero viviente, conjugan con nuestros pasos fórmulas y leyes espirituales que se van entrelazando en cada una de nuestras experiencias. Se podría decir que, al acoplarnos a la realidad, directamente entramos por su boca y somos lanzados hacia esta profunda aventura.
Sin poder escapar de esta transición, somos «atraídos» por este procedimiento cósmico incuestionable. Su matriz es tan amplia y repleta de acertijos que tiende a desatarnos todo tipo de pasiones y que, a su vez, la mayoría de las veces nos conduce a sus esquineros oblicuos metiéndonos en miles de pasadizos de su misteriosa anatomía. Este organigrama representa tal función que, a través de nuestros sentidos, somos llevados de aquí para allá en un enjambre de cuestiones que nos van haciendo pilotar en un sentido determinado. De esta manera, esta realidad que se tiñe a cada momento nos va poniendo en una zona de entrenamiento, haciéndonos incorporar un trabajo interior continuo para entenderla. Un tablero que nos curte y que se presenta para que aprendamos a recopilar la información procesándola e integrándola, y prosigamos la marcha hacia el puerto que más resuena.
Este proceso, que viene en muchas ocasiones con un aliento penetrante, repentino e inesperado, es el que nos busca constantemente. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos no hemos captado aún la señal o no hemos sabido interpretar adecuadamente los códigos que nos aparecen. No hemos logrado darnos cuenta de la cantidad de mensajes que se nos ofrecen para revelar qué es lo que se nos está ocultando más allá de lo aparente. El gran abanico de experiencias que nos dan la posibilidad de sumergirnos y ver qué sucede en nuestro interior, el ser humano parece no darle el suficiente espacio necesario. Debido a esto, durante siglos, hemos permanecido en una bola de cristal sumergidos en una burbuja sin llegar a atisbar ni siquiera el juego que nos tendía la naturaleza desde que pusimos el pie en la tierra…
A pesar de habernos llenado de innumerables pruebas para entender la esencia de su rol, hemos seguido sin desvelar su significado. La incesante información que se cuela a todas horas en nuestros oídos y narices, unida a los desgarros emocionales de tales magnitudes, a muchos de nosotros, en vez de empujarnos a cambiar, nos ha dejado en la estacada. El camino que en sí mismo con su sabiduría vino a ayudarnos, aportándonos alguna información, quedó eclipsado, abandonado por simplemente una mera cuestión de decisión. Una elección que conllevó una carga insalubre que nos trastocó y terminó por enfrascarnos en un tormentoso y contraproducente vivir.
Podemos entender que la vida no es fácil para nadie, pero no podemos encontrar excusas para que tiremos nuestra vida por la borda y la abandonemos. No obstante, la gran suma de seres humanos que se han quedado resbalando en esta pista de hielo es desproporcional y, si fuésemos conscientes de la mayoría que hay desviando sus miradas hacia el horizonte de no retorno, nos pondríamos las manos en nuestras cabezas in situ. En un mundo en el que no se pone como pilar básico nuestro desarrollo personal y se deja para última instancia, termina por repercutir muchísimas veces en los ejes más vitales de nuestra vida. Por este motivo, podemos observar la vasta ignorancia cabalgando por nuestra mente: esa malla que la gobierna en su gran extensión haciéndonos perder de vista lo esencial y decantarnos por lo superficial y cómodo de lo conocido.
