A lo largo de las generaciones, el ser humano se ha ido adaptando al sistema que, en cada época, con sus avances, cambios y modificaciones, se establece. En cada transición, junto con las transformaciones en su estructura, cada uno de nosotros se ha ido acoplando y a su vez desempeñando determinadas funciones en cada sector que lo compone. Con su renovación y cambio, acompañado de la multiplicidad de su organigrama, se ha ido extendiendo en un complejo formato, desembocando en nuevas formas de interactuar y desempeñar diferentes servicios, comunicaciones y enlaces. Todo organizado para disponer de un sofisticado sistema que va conjuntamente con nosotros en dependencia de sus factores implícitos.
Podríamos decir que, en cada paso hacia el progreso, el ser humano se ha encaminado hacia una visión productiva y rentable. Desde que comenzó a fijar sus acciones entre acuerdos e interrelaciones, ha mantenido un lazo <especial> para ir desarrollando un tipo de dirección conveniente y que les favorezca. En el instante en que supimos que este trueque informativo podía encaminarnos hacia algún futuro, comenzamos a poner en marcha diferentes estrategias para conducirnos hacia un determinado puerto. Gracias a este primer encuentro, en el que depositamos en nuestro eje central los pactos y contratos, comenzamos nuestra travesía hacia algo distinto y nuevo.
A través de ese majestuoso contacto, comenzó la inevitable expansión de territorios y se consiguió ampliar los conocimientos para que el modo de vida fuera transformándose con el devenir del tiempo. El pilar central, que primeramente propició un intercambio de necesidades y conveniencias, fue convirtiéndose, con el paso de las edades del hombre, en una prioridad no solo para que se llegase a un determinado punto en común entre sus costumbres, sino también para saber hasta dónde poder continuar el proyecto que se iba fortificando. El ser humano que conoció la manera de expandirse articuló todo tipo de tareas que tenía a su mando para fabricar ese elemento que le llevase hacia lo que visionaba.
A medida que fuimos construyendo la imagen que conjuntamente nos provocaba esa efervescencia hacia lo fructífero y dichoso, nos extendimos como jamás habíamos pensado. Cada pequeño esfuerzo realizado en el tiempo fue tan contundente que apenas podíamos creer que contuviese tanta repercusión. Ni siquiera una pequeña porción de conciencia percibíamos de lo que nuestra energía depositada sutilmente iba a cultivar. No obstante, cuando nos quisimos dar cuenta de en qué se convirtió en un principio ese acuerdo para mejorar en un momento propicio una vida, eliminar una necesidad o nutrir algo que iba a perecer, ya teníamos en nuestra mano la obra más perpendicular y oblicua posible.
Al tomar conciencia de hasta dónde nuestros pasos habían llegado, vimos que el propio engranaje de la estructura ya iba más rápido que el propio proceso de la vida. El gran diseño modificado, perfeccionado y llevado hasta niveles máximos productivos y rentables ha originado que de alguna forma nos impliquemos más y más con la entramada complejidad de esta supermáquina. Un sistema que va sujeto a una automatización forzada con una visión puesta en la obtención de recursos, producción y venta a la mayor escala posible, junto a la satisfacción y comodidad hacia el ser humano. Una estrategia diseñada para englobar un servicio enfocado a la máxima velocidad y sin freno. Un tipo de creación que con el avance tecnológico nos ha conducido hacia la dependencia y nos ha formado la conducta.
Ahora podemos ver que esas pequeñas ideas que una vez tuvimos en mente y fuimos trabajando son las que fueron construyendo este sofisticado mundo en el que nos encontramos. En un pestañeo fuimos pasando de época en época, cambiando nuestras costumbres y nuestras pieles por lo que en ese momento creíamos que era lo correcto o lo que era necesario para que nuestra vida fuera provechosa. Además, adoptamos múltiples facetas para conseguir adaptarnos a lo relevante. Sin embargo, en cada eslabón, nos hemos ido inclinando cada vez más hacia un formato ante el que nos llevaríamos las manos a la cabeza si tomáramos un atisbo profundo de lucidez.
Nuestro deseo por crecer y expandirnos hasta que no haya parangón ha hecho que construyamos un mundo <social> y conectado. Nuestra mente, la gran herramienta, a través del ensayo y error, nos ha llevado a crear una estructura muy solidificada, pero a la vez frágil y repleta de brechas por todas partes. Cada pieza de este mundo, cuya finalidad supuestamente ha sido la del bienestar humano, en muchísimas ocasiones podemos contemplar que, en vez de procurarnos esa vida virtuosa, nos termina arrinconando hacia otras rutas menos beneficiosas. La arquitectura con la que fuimos trabajando en cada guerra, penuria y caos, parece que, en vez de llevarla hacia un horizonte distinto y esperanzador, la hemos estado orientando hacia un final donde lo que quedó en una idea de prosperidad se ha ido torciendo hacia un agujero sin retorno.
Si observáramos lo que nuestra percepción ha construido, podríamos ver hasta qué punto el sistema nos ha ido encarrilando y cambiando. Hemos creado tal sofisticación centrada en un supuesto bien humano que nos ha llevado a confundir realmente sus prioridades y lo que necesita. El foco que durante generaciones hemos atribuido al estado de bienestar, manteniendo unos pilares centrados en el código de una individualidad que no fomenta el crecimiento de valores y la espiritualidad, nos ha ido desvirtuando. Con una fe total en el progreso exterior y toda la energía depositada en que el sistema nos condujera hacia el éxito y lo mejor para nuestra raza, nos ha ido descentrando y llevando a un abismo del que pocos están intentando salvarse.
